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domingo, 8 de enero de 2012

PARA QUÉ SIRVE LA DEMOCRACIA

Dios nos ha dado el vivir; nosotros hemos de darnos el buen vivir (Voltaire)

Sospecho del gobierno y desconfío de los políticos, pero en la medida en que tiene que haber un gobierno, prefiero que sea democrático (Russell)

El mundo de los actos, el de nuestro vivir diario, no se hace esperar, no admite muchas demoras y esto obviamente vale para la política.

Vivir bien con nuestros conciudadanos/as no es para mañana. La política no hace como el arte: fijar el objetivo de la justicia a largo plazo. Hay pues, actividades que son inaplazables y que exigen resultados inmediatos.

Hasta ahora el régimen colectivo más indicado para hacer que la vida sea más llevadera, y hasta deseable, es el régimen democrático. Su razón de ser va más allá de la política. Nos mueve a querer la democracia el evitar la coacción de unos sobre otros y repartir nuestras responsabilidades.

La gente no lucharía ni daría su vida por la democracia si detrás de sus formas no viera unos valores que merecen ser puestos como fines de su esfuerzo o sacrificio
La democracia es un instrumento para vivir bien. Sólo el voto democrático nos dirá qué es lo más deseado por la mayoría de la gente.

La democracia sirve para hacer las cosas que la mayoría quiere para vivir bien. E incluso para que la minoría pueda también vivir así. La democracia no es la dictadura de la mayoría: aunque no gobierna la minoría es respetada y tenida en cuenta.
La democracia no sirve para hacer todas las cosas

La democracia no sirve siempre para hacer las cosas bien o de modo eficaz. En muchos casos constituye la manera más clara y rápida de adoptar una decisión, pero en otros exige tomarse un tiempo para tener una opinión formada y aplicar después un proceso de voto con toda corrección y transparencia

No todo lo que se hace en democracia es bueno. La mayoría no siempre tiene la razón en nombre de los valores democráticos la mayoría puede despreciar a la minoría, o incluso despreciarse, a fin de cuentas, as í misma, si opta por recortar o poner punto final a la libertad y la igualdad que le han servido para expresarse como mayoría. Una multitud engañada o irresponsable puede acabar con la democracia por medios democráticos.

Con facilidad la democracia se transforma en una demagogia, donde todo lo que un día se hace para halagar al pueblo se torna al día después en un rio revuelto que desemboca en la tiranía.

La democracia da por supuesto que el orden colectivo depende de sus individuos, no del destino, y nuestra sociedad, red o global no es una excepción.

Confucio “Si en un Estado se gobierna siguiendo los dictados de la razón, la pobreza y la miseria provocan la vergüenza; si un Estado no se gobierna siguiendo la razón, las riquezas y los honores provocan la vergüenza” la democracia añade a este argumento moral otro más pragmático. Viene a decir: una sociedad democrática conlleva en sí misma la solución del problema de la pobreza, porque en ella decide la mayoría y se respeta la minoría.

Lo que cuenta son las alternativas democráticas y sus consecuencias no sólo en la política, sino en la economía, la cultura, el reconocimiento de la mujer, el acceso a la información, etc. Todos los conceptos sociales pueden ser pensados desde la perspectiva democrática, incluidos los de la nueva sociedad global.

Aunque los poderes constituidos traten de disimularlo, existen cada vez más medios para convertir la democracia existente en algo mucho más activo, participativo y transformador.

EXTRACTO
DEMOCRACIA PARA LA DIVERSIDAD (Norbert Bilbeny) España 1999

domingo, 11 de septiembre de 2011

LA MAYORÍA NO SIEMPRE TIENE LA RAZÓN


LA MAYORÍA NO SIEMPRE TIENE LA RAZÓN

(extracto)

La democracia tiene una regla: que mande la mayoría. Pero la mayoría no siempre tiene la razón. Puede estar equivocada y, lo peor, ser injusta con la minoría... El más fuerte persigue al más débil y la mayoría a la minoría. Con la diferencia de que hoy se dispone de medios masivos para hacerlo y los efectos son más devastadores.

La mayoría puede estar equivocada y ser injusta con sus minorías, aunque les acompañe la razón del mayor número y se amparen incluso en la democracia.

Sea por la opinión política, sea por la identidad, en los países democráticos persiste el peligro de trato antidemocrático hacia la minoría y el individuo.

La mayoría en la democracia no es ningún valor en sí mismo. Los valores democráticos son la libertad y la igualdad, a cuyo servicio la democracia no encuentra una regla mejor que la de decisión por el mayor número. La mayoría no es más respetable que la minoría o que uno solo. Se la respeta porque representa la regla de decisión democrática que impide que sólo manden uno a unos pocos. Si la mayoría pone fin a estos valores, se acabó la democracia, por más que se haya respetado su regla.

EDWARD FORSTER “Dos brindis por la democracia; uno, porque ella admite la variedad y, dos porque permite la crítica”

La mayoría democrática no es mayoría por ser los más ni los más fuertes, sino porque así se protege mejor la libertar y la igualdad. Si mandaran sólo uno a unos cuantos, estos dos valores básicos existirían en mucho menor grado y en mucha menos gente que lo hacen en una democracia. La democracia se opone al poder absoluto, incluido el de la mayoría.

Los actos de una democracia no siempre garantizan la libertad y la igualdad que habrían de defender. En este sentido, la mayoría puede a veces no tener razón y su gobierno merecer nuestro desacato. Sólo entonces la desobediencia está justificada. Nos oponemos al poder de la mayoría democrática, pero no a los valores básicos de libertad e igualdad que ella no ha garantizado.

Hay que ser consecuentes y dejar bien claro desde el principio que no nos oponemos a la democracia, sino a los actos de gobierno de la mayoría. Nuestra resistencia debe ser pacífica y tratar de agotar todas las formas legales que la misma democracia establece para ser criticada y puesta a prueba. Y sobre todo, debe estar motivada por la defensa de los valores democráticos, cuya ausencia es justo lo que reprochamos a la mayoría.

En una democracia se trata de saber hasta qué punto gobernantes y gobernados pueden soportar el pensamiento libre, ellos que presumen de libertad de pensamiento, y la igualdad de hecho, tan partidarios como se dicen de la igualdad de oportunidades. A diferencia de las demás, una política democrática siempre está dispuesta a ponerse a prueba. La libertad y la igualdad son su única y permanente prueba de fuego. Superada ésta, el resto de desafíos son más fáciles de resolver.

La mayoría puede intervenir sobre la sanidad y la educación, pero no decidir qué es la salud o la cultura. Puede controlar el bienestar y la ciencia, pero no definir qué son la felicidad y el conocimiento. La libertad y la igualdad no dependen del número de sus partidarios. Cuando la mayoría se empeña en lo contrario, y quiere dictar sobre la identidad y los estilos de vida, lo mejor acaba resultando enemigo de lo bueno. Decidir por mayoría, está al servicio de los valores fundamentales, no éstos a disposición del criterio mayoritario. Si fuera así, no habríamos entendido nada sobre el valor de la democracia.

Ni todo lo decide la mayoría, ni ésta tiene siempre la razón. No basta con opinar, la democracia se funda también en la discusión. Ambas cosas no pueden ser sustituidas por la opinión pública, que en realidad no pertenece ni representa al público, sino a los propietarios de los medios que hablan en su nombre, o que tratan de influirla, mediante anónimas encuestas, dudosos sondeos y artificios audiencias. En ninguna de estas escaramuzas aparecen ciudadanos/as, sino sólo consultados/as o peor espectadores/as. Hay que discutir sobre ideas y programas, sirviéndonos de hechos y argumentos.

La democracia no nos viene dada. Empieza con cada acto en su favor, por modesto que parezca. Y termina cuando renunciamos a ser libres y a ver al otro como un igual.

BIBLIOGRAFÍA

BILBENY, NORBERT. Democracia para la diversidad. Barcelona. 1999